miércoles, 28 de agosto de 2013

Aranjuez

El comienzo de mis vacaciones veraniegas transcurre en Aranjuez.
Llevo varios años viviendo en Madrid y todavía no conocía este pueblo. Han habido varias intentonas ;-) y todas fallidas; pero el que la sigue la consigue!

Llegas a través de una carretera estrecha, a ratos bastante verde que invita a pensar en el lugar que espera a su fin.
La entrada a Aranjuez no decepciona; tiene un aire a pueblo de la sierra madrileña (por el adoquinado de la calzada) y en seguida encuentras el Palacio Real y sus alrededores.
Resulta tremendamente agradable pasear por el centro del pueblo y el Palacio es una maravilla. No tardas en verlo más de una hora; para mi gusto y reconociendo su gran belleza merece más la pena perderse en sus jardines, como el Jardín del Príncipe y el Jardín de la Isla (así llamado por estar rodeado por el río Tajo).
El del Príncipe destaca por su riqueza botánica y parece ser fue creado por Carlos IV cuando era príncipe y lo concluyó siendo rey en el siglo XVIII. Aunque parezca mentira es más grande que el del Retiro en Madrid, nada meneos que 32 hectáreas de diferencia!

Existe un tercer jardín, que es el Nuevo o del Parterre, al lado del jardín de La Isla y que tiene como encanto añadido su proximidad al retaurante "El Rana Verde", algo decadente, pero muy agradable y con unas cristaleras con vistas al río.

Jardín del Parterre. Me he dado cuenta que no tengo fotos para seleccionar que incluyeran sólo paisaje; cuando el entorno me gusta quiero aparecer en todas!



No es raro toparte con pavos reales que, lejos de salir despavoridos, nunca mejor dicho, admiten con resignación el acercamiento del humano pesadete.

Y como muestra, un botón.


El agradable paseo por este jardín se culmina con la visita a un museo pequeñito, pero lleno de encanto: el de las Falúas Reales. Embarcaciones en las que la monarquía navegaba el río Tajo.


Esta foto no la tomé yo (creo recordar que no se podían hacer), pero para que os hagais una idea del tipo de "barquito" que sacaba a pasear a los reyes. 

Al lado del museo está el Castillo, que ahora es un bonito restaurante que recuerda al de un Parador.

El final de la visita estuvo pasada por agua; la típica tormenta de verano que cuando te quieres dar cuenta la tienes encima y ya no puedes hacer nada; sobre todo si te pilla al otro lado del Jardín del Príncipe que como antes he comentado, no es del todo "pequeño"; esta odisea no tiene reportaje fotográfico, aunque hubiese estado gracioso. No me he calado más en todos los días de mi vida. Con deciros que un trabajador municipal de basura que iba con su carrito y su cubo me dejó una bolsa de las suyas para protegerme un poco.


Y esto es todo por hoy y espero que no por mucho tiempo, esta vez.